El ladrillo y la palabra

Jordi Balari, presidente de ASF

 

En esta época de ritmo acelerado y sobreabundante información, periódicamente conviene recordar realidades básicas, que justamente por elementales, a veces quedan ocultas entre una maraña de impactos puntuales que no tenemos tiempo de procesar. Por ejemplo: es sabido que como nunca en la historia de la humanidad lo que hagamos o dejemos de hacer los seres humanos afecta al conjunto de los seres vivos y los recursos naturales. Es sabido y consabido, pero se olvida.

 

Las ONG, y Arquitectos Sin Fronteras no es una excepción, nacieron sobre la conciencia de esta responsabilidad colectiva, demostrando con nuestros proyectos que más allá de fronteras habitamos un mismo planeta y que con voluntad, trabajo y rigor las transformaciones son posibles. Al mismo tiempo alzamos la voz para que los cambios sean a gran escala, denunciando la falta de voluntad por redistribuir los fondos y los recursos con criterios más justos.

 

Hay quien piensa que nos situamos en un escenario idílico, imposible de realizarse; dicho gráficamente :que pedimos peras a un olmo. Nada más falso; qué mínimo que cumplir los propios compromisos asumidos por la comunidad internacional y aplicar internacionalmente las políticas de cohesión social que han demostrado su importancia para el bienestar en muchos países.

 

Pues ni eso. A falta de siete años para 2015, los llamados Objetivos del Milenio adoptados por Naciones Unidas y por 189 países, con metas cuantificables para reducir la pobreza, están lejos de cumplirse. La primera realidad de este mundo, lejos de solucionarse, se perpetúa; pésima noticia para cualquier persona preocupada por el desarrollo o la ética. La prevalencia de intereses económicos sobre problemas sociales y la confusión de prioridades son más que evidentes. La crisis actual no ha hecho más que confirmar la rapacidad e impunidad de los poderes económicos y su absoluto desprecio hacia la ciudadanía, con tal de obtener enormes e inmediatos beneficios. Condicionados y en muchos casos corresponsables por esta situación injusta se hallan los gobiernos, sean del color que sean, incapacitados para resolver los problemas reales de los ciudadanos y de reequilibrar la riqueza.

 

No podemos resignarnos, y menos ahora. El presumible incumplimiento de los ODM significará un revés muy grave para la cooperación internacional. La pobreza no es una maldición, aunque tampoco debemos ignorar que la persistencia de esta macro desigualdad con millones de víctimas hasta ahora se percibe de una manera más cercana al conformismo que a la indignación. Aquí hay un gran conflicto conectado a una forma de entender la economía y las relaciones internacionales basada en el ventajismo crónico, pero en el imaginario social mayoritariamente se sigue ligando la cuestión a la caridad.

 

En medio de este contexto estructural de graves insuficiencias en la cooperación internacional, Arquitectos Sin Fronteras ha contribuido en la medida de sus posibilidades desde hace ya 15 años a mejorar la habitabilidad de poblaciones desfavorecidas, principalmente en África, América Central, Caribe y América del Sur. Desde nuestros inicios trabajamos conjuntamente con organizaciones que solicitan nuestro apoyo desarrollando proyectos relacionados con la arquitectura, el urbanismo y las infraestructuras (educación y formación, vivienda, salud y saneamiento) con el objetivo de promover un desarrollo local no dependiente, participativo, sostenible y respetuoso con el medio ambiente.

 

Esta labor se ha hecho en buena parte gracias a personas voluntarias muy activas y constantes que se han dejado la piel en la convicción de que si ASF no existiese habría que inventarlo, por necesario. Por eso, cuando hace unos meses me preguntaban por nuestro décimo quinto aniversario comentaba que después de todos estos años me queda la sensación de haber trabajado con tozudez y a contracorriente, ante no pocas incomprensiones y muchísimas indiferencias. La solidaridad, más allá de lo políticamente correcto, es un valor que puede multiplicarse, pero también retroceder. Sin ir más lejos desde ASF difundimos hace una semanas un estudio de la Universidad de Salamanca en el que daba a conocer que sólo un 48,9% de los españoles defiende sin reservas el derecho a la sanidad pública a los inmigrantes sin papeles y que incluso un 7,3% de los españoles niega ese derecho para los inmigrantes en situación regularizada. Datos que demuestran que tenemos aún un trabajo ingente a favor de una cultura de mayor equidad social.

 

En 2008, año en el que se conmemora el sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es preciso recordar el derecho de todo individuo a un nivel de vida que asegure su salud, su bienestar y el de su familia. Vivir en un espacio habitable y digno. Y aquí la arquitectura y la construcción tienen mucho que hacer. Se trata de sumar el mayor número de personas e instituciones que consideren injusto este sistema de macro desigualdad, y cada cual desde su experiencia profesional (arquitectura, medicina, ingeniería, veterinaria, farmacia, educación, economía, comunicación… etcétera) o desde su inquietud vital unirse a esta rebelión cívica por un mundo más equitativo, desarrollado y habitable.

 

¿Detectamos más escepticismo que hace unos años en la opinión pública española? Es posible, por variadas razones, entre las cuales me gustaría subrayar la propia cronificación de la miseria, y la existencia de un contexto donde lo inmediato, lo intrascendente o irreflexivo ocupa un mayor espacio. Lo paradójico es que no se acumule más malestar ante la reiterada falta de voluntad por modificar unas reglas establecidas para beneficio y acomodo del status quo, sin que se hable ni pensemos en víctimas, sino en simples estadísticas que nos apenan un poco, pero ya está. Sin más, sin protestas ni movilización; como si fuese algo irresoluble, incluso legítimo o democrático.

 

Por eso, hemos dicho en alguna ocasión que como arquitectos utilizamos en muchos de nuestros proyectos el ladrillo como materia prima, pero que como ONG de desarrollo también trabajamos en la comunicación; dos palancas potencialmente transformadoras, más si vienen acompañadas del respaldo de nuestra base social, que nos hace más fuertes.